¡Y el sexo fue maravilloso!
La dicha del sol oaxaqueño está secando mi negro traje de baño y a mí, antes de mis largos diarios en la playa con forma de herradura. Día a día, los espacios en la arena desaparecen, llenándose de estadounidenses, alemanes, franceses e ingleses. Así que estoy acostado muy cerca de dos desconocidas, y mis oídos no pueden resistirse a seguir el acento americano piñaloso: “El sexo fue maravilloso. Pero él tuvo que irse. Jaja, ¡me preguntó si me gustaría ir a Buenos Aires y vivir ahí con él!”
“¡Jolín! ¿Y cuántos días ha pasado aquí?”, grazna la inglesa.
“Tres, y… jaja… ya me dijo que me ama”.
“¡Ay, qué lindo…!”.
“Jaja, pobrecito… ¡pues es doble mi edad!”.
Estoy de espaldas, con los ojos cerrados y consciente de que están sentadas con una vista clara de mi rostro. Me esfuerzo al máximo por controlar las sonrisas involuntarias que van apareciendo en mi cara, pero no puedo. ¿Pero qué esperamos? La playa, con su forma escenariosa, la banda sonora de las olas, el gran fondo azul y los actores: los surfistas guapos lucen sus abdominales marcados, los traseros en bikini presumen de sus curvas perfectas, los lectores adoptan su aire de indiferencia superior, y esa muchacha desfila su vida salvaje, libre y llena de sexo. ¿Y yo? ¿Qué estoy mostrando?
En el otro extremo del pueblo, donde las calles son de tierra y arena, donde la ancha bahía se curva hacia una punta como la pata de un animal salvaje, se encuentra el epicentro de los que tienen el cabello largo, cargan tablas de surf, comen tazones de açaí y los que están realmente aquí ‘para la pachanga’. No es un destino que me apetezca, pero de vez en cuando lo visito para probar un café nuevo cuando me aburro de los habituales.
“¡Jolín! ¿Y cuántos días ha pasado aquí?”, grazna la inglesa.
“Tres, y… jaja… ya me dijo que me ama”.
“¡Ay, qué lindo…!”.
“Jaja, pobrecito… ¡pues es doble mi edad!”.
Estoy de espaldas, con los ojos cerrados y consciente de que están sentadas con una vista clara de mi rostro. Me esfuerzo al máximo por controlar las sonrisas involuntarias que van apareciendo en mi cara, pero no puedo. ¿Pero qué esperamos? La playa, con su forma escenariosa, la banda sonora de las olas, el gran fondo azul y los actores: los surfistas guapos lucen sus abdominales marcados, los traseros en bikini presumen de sus curvas perfectas, los lectores adoptan su aire de indiferencia superior, y esa muchacha desfila su vida salvaje, libre y llena de sexo. ¿Y yo? ¿Qué estoy mostrando?
¡Que se jodan los nudes! ¡Dame dinero para café!
En el otro extremo del pueblo, donde las calles son de tierra y arena, donde la ancha bahía se curva hacia una punta como la pata de un animal salvaje, se encuentra el epicentro de los que tienen el cabello largo, cargan tablas de surf, comen tazones de açaí y los que están realmente aquí ‘para la pachanga’. No es un destino que me apetezca, pero de vez en cuando lo visito para probar un café nuevo cuando me aburro de los habituales.
En una de esas ocasiones, voy caminando por la calle principal, echando miradas con silenciosa condescendencia a las ropas carísimas y las comidas que cuestan el doble que en el centro. Paso junto a una basura verde bajo el sol, y mi cara se contorsiona de disgusto por el fuerte olor a comida podrida. Momentos después, veo un cartel afuera de un café: "¡Que se jodan los nudes! ¡Dame dinero para café!”
Este eslogan humorístico representa el tono irreverente de La Punta, y al mismo tiempo demuestra la ridícula manera en que funciona la publicidad, o, en otras palabras, el alma ridícula y enferma de nuestro mundo económico.
“¡Vaya, eso realmente me resulta gracioso! Eso debe significar que el café también tiene una calidad similar a su humor; por lo tanto, debo gastar dinero allí”.
Sigo al final de la calle y llego a una tienda fresa de alimentos saludables. Hay un grueso letrero de madera que cuelga de unas cuerdas blancas, grabado simplemente con el nombre de la tienda y su lema: Fresca y Salvaje. Echo un vistazo.
Dentro, examino los delicadamente embotellados y bellamente empaquetados aceites esenciales, admiro las kombuchas orgánicas activadas con carbón, huelo los coloridos ramos de incienso artesanal local y me deleito en la atmósfera de lujo y salud. Momentos después, salgo con mis propios tesoros carísimos: una granola de linaza, coco, amaranto, ajonjolí y miel de abeja; un desodorante natural de ciprés y limón; y un lindo vaso de vidrio con agua de coco que cuesta el doble de los que venden en la calle de mi edificio. ¡Pero mira qué listo soy! ¡Puedo reutilizar el vaso para una flor, quizás! No soy como las demás turistas tontas.
¡Ah, sí, puedo ver! Esta es mi actuación: el que no es como los demás, el hombre especial que es como los locales, que posee una sensibilidad y no es ignorante como los gringos. ¡Mira cómo puedo escribir en español! Mira cómo evito a los turistas tontos y conduzco mi moto sin casco, como los locales.
Puta Mierrrda
Cuando cae la noche, se puede imaginar que, desde los lejanos y helados fiordos de Canadá hasta las afiladas y desoladas rocas del extremo de Chile, hay millones de personas reuniéndose para mirar el atardecer. Así que me reúno con el pequeño grupo en uno de los mejores miradores, listo para maravillarme de nuevo ante los muchos colores que una vez más desempeñan su papel en la función nocturna.
Hay que descender por un sendero estrecho y potencialmente peligroso para llegar a la meseta arenosa al borde de un acantilado, donde unas treinta personas están sentadas, con sus rostros vueltos hacia el sol ámbar y dorado. Estoy sentado con las piernas cruzadas al borde del acantilado. Hacia mi derecha, las grandes olas impetuosas chocan contra las rocas de abajo, lanzando enormes salpicaduras blancas al aire y dejando una fina niebla salada sobre mis mejillas.
A mi izquierda, dos adolescentes juegan a pelear. Un chico joven forcejea con una chica, y ella exclama: “¡Puta mierrrrda!”, alargando el “rrrr” de una manera curiosamente satisfactoria.
Vuelvo mi mirada al hermoso azul que se curva hacia otras tierras, observando cómo el sol desciende en silencio, enviando una alfombra de oro brillante que baila en el horizonte y se pierde en nuestros ojos.
Y por un momento, los actores humanos dejan caer sus disfraces... ¿o será que ahora me doy cuenta de que todos han sido ellos mismos desde el principio, y soy yo quien estaba fingiendo que era una obra?
Vuelvo mi mirada al hermoso azul que se curva hacia otras tierras, observando cómo el sol desciende en silencio, enviando una alfombra de oro brillante que baila en el horizonte y se pierde en nuestros ojos.
Y por un momento, los actores humanos dejan caer sus disfraces... ¿o será que ahora me doy cuenta de que todos han sido ellos mismos desde el principio, y soy yo quien estaba fingiendo que era una obra?

