Friday, November 22, 2024

Vida Desfila



¡Y el sexo fue maravilloso! 

La dicha del sol oaxaqueño está secando mi negro traje de baño y a mí, antes de mis largos diarios en la playa con forma de herradura. Día a día, los espacios en la arena desaparecen, llenándose de estadounidenses, alemanes, franceses e ingleses. Así que estoy acostado muy cerca de dos desconocidas, y mis oídos no pueden resistirse a seguir el acento americano piñaloso: “El sexo fue maravilloso. Pero él tuvo que irse. Jaja, ¡me preguntó si me gustaría ir a Buenos Aires y vivir ahí con él!”
    “¡Jolín! ¿Y cuántos días ha pasado aquí?”, grazna la inglesa.
    “Tres, y… jaja… ya me dijo que me ama”.
    “¡Ay, qué lindo…!”.
    “Jaja, pobrecito… ¡pues es doble mi edad!”.

Estoy de espaldas, con los ojos cerrados y consciente de que están sentadas con una vista clara de mi rostro. Me esfuerzo al máximo por controlar las sonrisas involuntarias que van apareciendo en mi cara, pero no puedo. ¿Pero qué esperamos? La playa, con su forma escenariosa, la banda sonora de las olas, el gran fondo azul y los actores: los surfistas guapos lucen sus abdominales marcados, los traseros en bikini presumen de sus curvas perfectas, los lectores adoptan su aire de indiferencia superior, y esa muchacha desfila su vida salvaje, libre y llena de sexo. ¿Y yo? ¿Qué estoy mostrando?


¡Que se jodan los nudes! ¡Dame dinero para café! 

En el otro extremo del pueblo, donde las calles son de tierra y arena, donde la ancha bahía se curva hacia una punta como la pata de un animal salvaje, se encuentra el epicentro de los que tienen el cabello largo, cargan tablas de surf, comen tazones de açaí y los que están realmente aquí ‘para la pachanga’. No es un destino que me apetezca, pero de vez en cuando lo visito para probar un café nuevo cuando me aburro de los habituales. 
    En una de esas ocasiones, voy caminando por la calle principal, echando miradas con silenciosa condescendencia a las ropas carísimas y las comidas que cuestan el doble que en el centro. Paso junto a una basura verde bajo el sol, y mi cara se contorsiona de disgusto por el fuerte olor a comida podrida. Momentos después, veo un cartel afuera de un café: "¡Que se jodan los nudes! ¡Dame dinero para café!” 
    Este eslogan humorístico representa el tono irreverente de La Punta, y al mismo tiempo demuestra la ridícula manera en que funciona la publicidad, o, en otras palabras, el alma ridícula y enferma de nuestro mundo económico. 

“¡Vaya, eso realmente me resulta gracioso! Eso debe significar que el café también tiene una calidad similar a su humor; por lo tanto, debo gastar dinero allí”.

Sigo al final de la calle y llego a una tienda fresa de alimentos saludables. Hay un grueso letrero de madera que cuelga de unas cuerdas blancas, grabado simplemente con el nombre de la tienda y su lema: Fresca y Salvaje. Echo un vistazo. 
    Dentro, examino los delicadamente embotellados y bellamente empaquetados aceites esenciales, admiro las kombuchas orgánicas activadas con carbón, huelo los coloridos ramos de incienso artesanal local y me deleito en la atmósfera de lujo y salud. Momentos después, salgo con mis propios tesoros carísimos: una granola de linaza, coco, amaranto, ajonjolí y miel de abeja; un desodorante natural de ciprés y limón; y un lindo vaso de vidrio con agua de coco que cuesta el doble de los que venden en la calle de mi edificio. ¡Pero mira qué listo soy! ¡Puedo reutilizar el vaso para una flor, quizás! No soy como las demás turistas tontas. 

¡Ah, sí, puedo ver! Esta es mi actuación: el que no es como los demás, el hombre especial que es como los locales, que posee una sensibilidad y no es ignorante como los gringos. ¡Mira cómo puedo escribir en español! Mira cómo evito a los turistas tontos y conduzco mi moto sin casco, como los locales.


Puta Mierrrda 

Cuando cae la noche, se puede imaginar que, desde los lejanos y helados fiordos de Canadá hasta las afiladas y desoladas rocas del extremo de Chile, hay millones de personas reuniéndose para mirar el atardecer. Así que me reúno con el pequeño grupo en uno de los mejores miradores, listo para maravillarme de nuevo ante los muchos colores que una vez más desempeñan su papel en la función nocturna.
    Hay que descender por un sendero estrecho y potencialmente peligroso para llegar a la meseta arenosa al borde de un acantilado, donde unas treinta personas están sentadas, con sus rostros vueltos hacia el sol ámbar y dorado. Estoy sentado con las piernas cruzadas al borde del acantilado. Hacia mi derecha, las grandes olas impetuosas chocan contra las rocas de abajo, lanzando enormes salpicaduras blancas al aire y dejando una fina niebla salada sobre mis mejillas. 
    A mi izquierda, dos adolescentes juegan a pelear. Un chico joven forcejea con una chica, y ella exclama: “¡Puta mierrrrda!”, alargando el “rrrr” de una manera curiosamente satisfactoria.
    Vuelvo mi mirada al hermoso azul que se curva hacia otras tierras, observando cómo el sol desciende en silencio, enviando una alfombra de oro brillante que baila en el horizonte y se pierde en nuestros ojos.
    Y por un momento, los actores humanos dejan caer sus disfraces... ¿o será que ahora me doy cuenta de que todos han sido ellos mismos desde el principio, y soy yo quien estaba fingiendo que era una obra?

Saturday, November 2, 2024

Threat of Rain



Clang Clang 

Though clouds still threaten over the green mountains, the city and beaches are bathed in unending sunshine - browning skin, shimmering off hot metal car chassises, and drying the sea water off my body as I sunbathe on Playa Principal.
    A loud engine growl pulls my attention over to a fishing boat hurtling onto the sand. From inside the beached boat, several fishermen haul out a long dead silver body, flopping it onto the shore with a gentle thud. They heave it up onto the dry sand, steely scales glinting in the sun. A group gathers and I see a man guiding a toddler up to the sleek spectacle. The man’s belly bulges from his red coca-cola t-shirt as he guides the little hand up to touch the very sword of the swordfish. Better be careful, even dead things can harm.
    Which reminds me of a more deadly deadness - living deadness, from which hate-swords fly menacingly. Clang Clang they go, bouncing off my tingshas. Though looking closely, each blade carries the inscription - please help my heart be alive.


Thwack 

A narrow balcony with window-doors runs the width of my second floor flat, where my beach things are now hanging from orange rope - my makeshift clothesline. I am sitting inside at a square wooden table gazing outside to the distant curves on the horizon, like the silhouette of a sleeping dragon, with puffs of white cloud rolling by.
    Various body parts engage themselves seated here - hands grip mahogany, fingers tap keyboard, eyes watch screen, mouth munches sandwich, head drifts in the clouds. All the while lulled by the gentle stream of cars from the nearby road, and the sweet chirping of various birds. One such yellow breasted fellow perches on the balcony, most confused by seeing its reflection in the one-way mirror glass. It sees another sky and another bird it believes is real. Eventually it attempts to fly through to this other world - thwack. It doesn’t comprehend, swooping away in shock, coming to rest on a telephone wire across the road.
    What a dumb animal. Yes, how stupid to take reflections of the world for the world itself. Says the animal that lives in a hall of mirrors.


Thump-Thump 

What the f**k is going on out there! The hot evening has set in, and from nowhere, noise and boom is rapidly igniting on the streets below. From gentle hum to an insane bedlam of beeping, diabolical motorbike revving, thump-thump table-shaking club music, hollering, laughing, police sirens.
    I step onto the balcony to investigate - around forty motorbikes have inexplicably descended upon the corner of my road, monstrous speakers in a car boot vibrate the very concrete, traffic is held up, beer cans aplenty, and the police car’s red and blue flashing lights do nothing but add to the club-like atmosphere.
    Of course, I realise, seeing the horned ladies, the spectral faces, and ghoulish bride, it is Halloween tomorrow, and Dia de Los Muertos the day after… so this is just the beginning of a three day bender? God help my sanity!


Ahhh 

The next day the dragon’s white puffs have become bruised purples and blues. All through the day they gather in numbers and strength, and finally, spurred on perhaps by it being Halloween, they arrive in town by the early evening, unleashing their watery fury with cracks of thunder that rattle my table.
    I had been listening to the local school’s big band, whose trumpets, trombones, flutes and drums are easily heard from my flat, but were all but drowned out by the rain’s ferocity. I had also been contemplating the evening’s gameplan, in case the same motorbike mob invaded again - spend the night on the beach until the early hours? Watch films all night with noise-cancelling earbuds? Or, as a last resort, ‘go out’.

As the rain storm clears and the band has gone home, it is clear there will be no need to vacate my throne. Much to my delight, the street is a ghost town - the lone street lamp holds vigil to the occasional car, passing through the cool fresh night, with not a soul in sight. Where’s the party at? Not here, I think to myself, with an audible ahhh of relief.

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